domingo, 2 de diciembre de 2012

Morir sin máscara.


Música, explosión, caos, inconsciencia…  no es el mejor estado que  puedo tener, pero ¿Qué puedo hacer El mismo recorrido, el  mismo inicio, el mismo destino, sólo cambian un par de personas vistas en el trayecto, nada más. El pisar el asfalto duro y gris no mejora las cosas, ver el frontis del edificio cruzar el umbral de vidrio, saludar a la recepcionista con una cínica sonrisa, y la misma conversación.

 - Muy buenas tardes Don Germán.

 - Buenas.
 - La taza de café de siempre Don Germán.
 - Sí.
 - Se la traeré…
 - En cinco minutos…

Me encierro detrás de la puerta con el número 1034 , dejo la chaqueta en el colgador, enciendo la computadora y observo la construcción vecina desde la ventana. Observo también los pequeños puntos al caminar. Veo como forman patrones tan similares al de ayer, y antes de ayer, y antes y antes y siguiendo en la cuenta hacia atrás. Veo la foto de mi hija, abrazada a mi yerno, posando en el día de mi cumpleaños. Los mismos movimientos rutinarios que no me esfuerzo por cambiar. ¿Hay algo que pueda hacer? Nada. Tan sólo una locura ayudaría.

Golpean la puerta. Rápida pero no  sorpresivamente transcurrieron 5 minutos y ella con mi café llegan a mi puerta. Lo recibo lo tomo y lo lanzo el líquido oscuro a la computadora, abro la ventana y lanzo la taza hacia  la calle, que le caiga a quien sea. Yo me marcho.

Me voy a la estación, pero no, micro no tomaré no volveré a ese camión de carga animal, me iré caminando. Llega a darme disgusto ver a cada persona que se cruza frente a mí, me vean o no, los aborrezco a todos. Me suelto la corbata, me la saco, la lanzo en dirección opuesta a mí.  Adiós rutina, adiós familia.

El primer bus que aparece es mi destino, me resigno a tomarlo, quiero llegar lo antes posible, no, no quiero llegar, quiero irme, irme de todo esto y abandonar lo  que siempre he sido, no, me retracto nuevamente, no quien he sido, sino quién se ha visto, a quien se ha conocido, el que se aferra a la necesidad de ser parte de una sociedad, en cuya función no eres más que ser un apéndice, despídanse de la máscara que ya no me sienta bien.

Despierto, la luna no se ve, la oscuridad es hermosamente total, al igual que el frío que comencé a sentir. Bajo del bus y no sé a dónde caminar, y me baso en  mis brazos para no chocar con algo que no logre percatar a medida que avanzo sin tomar en cuenta las horas. Un paso en falso, una caída, un chapuzón. Ni idea en qué estoy inmerso, el olor putrefacto me hace descartar que sea agua de un lago, no me importa; el frío del ambiente abraza la sustancia, y conmigo en ella, cada vez más profundo, no me interesa, duermo hasta perderme en ella. Prefiero morir sin ser velado por nadie más que las estrellas y el viento, que por un par de personas hijas de la rutina y que van por mero compromiso. 
  

                                              

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