domingo, 20 de octubre de 2013

Nuestra Hora Predilecta

El Reloj vuelve a marcar su hora predilecta, las cosas se han dado para que cada estímulo que llegue a mi cuerpo se intensifique en mi interior. El sólo hecho de preparar el café ya se hace una experiencia  exquisita. Su raspado y suave sonido al sacar cada cucharada del oscuro polvo  contrasta con el choque de la pequeña cuchara de té en la porcelana de la taza, puedo escuchar el tenue sonido de las 20 gotas de endulzante en mi brebaje, todo acompañado del golpe  de las ramas que son conducidas por el viento hacia mi  ventana, haciendo la más hermosa orquesta a la que jamás tuve la opción de  asistir. Mis pelos se erizan en una especie de sensación lujuriosa.

El reloj no quiere salir de su hora, se niega. La noche abraza mi cuarto a medida que mis pelos  siguen ascendiendo uno por uno. Recuerdos lujuriosos se van a mi mente. Mi cuerpo frágil se siente, pero a la vez ágil, no da chance alguna de tropiezo, puede tambalearse todo lo que quiera, pero el sonido y las memorias que el tiempo me ha dado impedirán que este enclenque cuerpo se derrumbe, no antes que el café y el sandwish queden a merced del velador y  logre sintonizar la radio para que el blues entre en escena  y de paso a un éxtasis en mi cama.

El reloj ha decidido detenerse, al igual que todo movimiento de mi habitación. El café calienta mi anatomía para estar a la par con mi esencia, tu recuerdo, mi lujuria. El blues llega, como un orgasmo a mis oídos, trompetas y solos prodigiosos de guitarra llegan para instalarse.
El reloj ya no logra resistir, los punteros se han fugado. Pero eso a ninguno de los dos deja conforme. Tomo el reloj y lo lanzo, como mis deseos de avanzar el tiempo, mis deseos de paz, mis deseos de una noche tranquila.





El café brinda  su última gota con un  dulce sonido al pasar desde el tazón a mis labios. Quiero mantener el calor. Iré a verte.